La mañana había nacido como cualquier otra
Las nubes atrapaban la radiación
El sol causaba el mismo daño a mis ojos
Había dejado discurrir la baba en la comisura de mis labios
La felicidad tocaba con fuerza la puerta de mi corazón
Con gustó la saludé como en la mañana de ayer.
Voces escandalosas despertaron mi curiosidad
Que dormida estaba hasta escuchar mi nombre entre tanta intensidad
-¡Toño!-, gritaban con mayor gravedad
No iban a parar por nada, eran fieles en cumplir sus necesidades
La cual satisfice dejándolas pasar.
-Sólo era el principio-. Mi teléfono empezó a sonar
Numerosos números de desconocidos
dados por mis conocidos atormentaron mis oídos
La dirección de mi correo, Dios sabe cómo lo consiguieron,
porque mi computadora se unió al baile,
el baile de las musas.
Féminas atrapadas entre cuatro palabras
Todas embarazadas de mi verso, estrofa, metáfora y rima.
Les había prometido el sol y la luna
A cada una la sonrisa era boreal y de esperanza
Pero a ninguna había hecho realidad sus deseos.
Una vociferó que le había llamado “reina de reyes”
Otra, que para mí, sus “curvas eran inacabadas”.
La siguiente me dijo que le hice ver lo “inalcanzable que eran sus firmamentos”
De cómo me encantaba el color de sus estrellas en el techo.
Me quedé atónito
Mis palabras me condenaron al purgatorio.
La armonía de la música empezó a perder la gama,
Las voces, ya no sonaban en una.
Cada una empezó a cantar la nota a su manera.
Todas acertaban en una idea,
Pero no compartían la idea
de compartirme entre todas.
Cada una reclamaba lo que le correspondía:
“Yo”.
Ni más ni menos que yo.
Gritando haciéndome el loco sus locuras enseñorearon al eco
Me encerré en mí mismo, mi voz se quedó chispeante.
Las calamidades del ruido cesaron
con un cuchillo en dirección a mi pecho
La partitura y el son habían recuperado la mente de estas hermosuras.
Acertaron en cambiar mis letras por lo que llevaba dentro
Al fin y al cabo, era el causante del daño que les había hecho.
La crucifixión de mi poesía paró cuando murieron las voces de mi corazón.
La baba en mi comisura
El saludo de la mañana con su alegría
Me devolvió a la vida.
Y me desperté de esta locura.
Quizás sea la última vez que sepa de ellas
O peor, que sea la última vez que escriba de ellas.
Porque tomaron el cuchillo para matarse.
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